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GILBERTO ALZATE AVENDAÑO


Esta es una recopilación de información sobre la vida y obra de un hombre que sin llegar a ser presidente, intelectual y éticamente superó a muchos personajes de los que están colgados en la galería de los ex presidentes de los últimos 60 años, me he basado en diversas fuentes, principalmente en su biografía oficial y en los datos que hay en diversas páginas de internet y blogs, he omitido partes que no consideré importantes para el artículo, no es una gran investigación, es más un boceto para que el lector se haga una idea de quien fue Gilberto Alzate Avendaño; estos párrafos son a la vez una invitación a investigar más de lo que hay acá escrito sobre este importante personaje. 

Nota Aclaratoria: Es necesario amigos(as) lectores que se entienda que nosotros queremos mostrar a Gilberto Alzate Avendaño natural y sin la insistencia de los medios masivos de comunicación o comunistas despistados de que fue el  precursor del fascismo en Colombia, sólo queremos esclarecer que los medios actuales del sistema lo identifican como fascista pero para nosotros fue simplemente un miembro más del radicalismo del conservatismo nacional donde no se es NS o Fascista, se es simplemente parte del sistema.

No sabemos hasta donde pudo haber llegado el movimiento ANAPO (Alianza Nacional Popular), pero por lo que vemos ahora no fue trascendental y  su reivindicación hoy no podrá ser considerado como un movimiento de los nuestros NR o NS, más bien fue una pataleta de un sector del conservatismo nacional y al igual que los asociados “LEOPARDOS” las pocas cosas buenas que tuvieron Gilberto Álzate Avendaño y Los Leopardos las perdieron al meterse en el juego de la partidocracia colombiana; por todo ello el movimiento “Derechista Alzatista” languideció con los “ANAPO”, y todo su séquito; después del triunfo Aliado. Finalmente fueron  reincorporándose poco a poco en el partido del que salieron, el partido conservador, que nunca pareció que les cerrase las puertas y por el contrario los recibió a todos. Se podría decir que el movimiento “Nacionalista” de Gilberto Álzate Avendaño  desapareció engullido por los conservadores liberalizantes y demócratas irreductibles de la burguesía y oligarquía colombiana ni más ni menos. Más aun se rescata la intención de Gilberto Alzate Avendaño de un mejor porvenir en nuestra amada Colombia.

Gilberto Alzate Avendaño nació el 10 de octubre de 1910, en Manizales, Colombia y murió en el mejor momento de su carrera política, se convertiría en jefe del partido y candidato presidencial. Una enfermedad gastrointestinal acabó con su vida  el 26 de noviembre de 1960. Fue un abogado, político y periodista, líder de diversos grupos disidentes del conservatismo colombiano y principal caudillo civil conservador del pasado siglo, su trabajo constante en el partido conservador lo convirtió en, “El nuevo leopardo”, un luchador inagotable de sus ideales políticos que dio a conocer su fuerza social desde su época universitaria. Se solía decir de Alzate que era “un hombre bueno como el pan”, de esos que al tiempo que abría una herida, corría a cicatrizarla.

Inició sus estudios en el Colegio de Cristo, y los concluyó en la Universidad de Antioquia, donde en 1936 obtuvo el grado de Doctor en Derecho y Ciencias Políticas. Se lanzó a la escena política a los veinte años, cuando el partido conservador perdió el poder y varios jóvenes quisieron darle una nueva fe al esquema de los viejos dirigentes. Alzate se propuso fortalecer la ideología de su partido y llegó a la Secretaría al término de su carrera profesional, pero por corto tiempo ya que las disputas con el jefe del conservatismo, Laureano Gómez, lo hicieron renunciar.

En 1936 fundó y dirigió el movimiento Acción Nacionalista Popular, en compañía de Silvio Villegas, Fernando Londoño, Joaquín Estrada Monsalve y Abel y Rafael Naranjo Villegas, como respuesta al manejo político de la jefatura del partido. Este grupo, desaparecido en 1939, se inspiraba en la autoridad promulgada por el fascismo italiano, en algunas ideas bolivarianas para el control estatal, en los principios de organización del Estado Nacionalsocialista, en la Falange española y en la creencia de dominar el país mediante un estado fuerte y centralizado.

Alzate Avendaño fue diputado a la Asamblea Departamental de Caldas, representante a la Cámara y senador de la República. En el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla se le encargó la embajada colombiana en España. Como periodista fue director de los diarios Eco Nacional y Diario de Colombia, desde el cual lideró una campaña en oposición al gobierno de Laureano Gómez.

Algunos de sus escritos políticos son: El redescubrimiento del Libertador (1938), La revolución a la derecha (1946), Incompatibilidades (1953), Doctrina social-católica y pensamiento bolivariano (1953), La mujer entra en escena (1954). Su producción literaria se contempla en Africa habla (1934), La función de la inteligencia (1954) y El centenario de Suárez (1955). 

En la apasionada vida de Alzate Avendaño se dieron varias etapas de protagonismos políticos. La primera, en su juventud, cuando por el año 1937 al frente de la secretaría del Directorio Nacional Conservador se enfrenta a Laureano Gómez, que ya le estaba imponiendo al partido la “disciplina para perros”, y en un caso típico de incompatibilidad de caracteres y de antagónica concepción del Estado, rompe y se va. Se dedica luego, en Manizales, a ejercer la abogacía con mucha fortuna, lo que no le impide calificarla de “actividad parasitaria”, “que exige dotes menores”, pues “el abogado no crea, no produce nada útil”, y para sostenerlo “muchos campesinos y obreros tienen que estar sudando plusvalía”. Frases de una indagatoria suya, que es pieza maestra de la literatura jurídica, ya que todos los escritos de Alzate, ensayos históricos y literarios, artículos y discusiones, editoriales de su periódico Diario de Colombia, de brillante rigor académico, son de antología.

Sintiéndose incómodo en el conservatismo, al que considera “...un olimpo taciturno de ancianos”, funda su propio partido. Su amigo Hernando Téllez, lo llamará “Acción Nacionalista Popular”, y Fernando Londoño Londoño, advirtiendo no haber sido “alzatista”, lo denominará “Movimiento Nacional”. La primera salida en busca de curules en 1939 fue un fracaso, su único representante elegido Silvio Villegas, al instalarse el Congreso, regresa al conservatismo, lo que llevará a Alzate a tildarlo de “gallo de la veleta”, sin que esto quebrante su amistad.
Pero Alzate persistirá. Las convenciones conservadoras le siguen pareciendo sombríos cenáculos de fantasmas.

De 1937 a 1943, especialmente desde cuando en este último año dirigió una huelga de choferes que culminó en masacre, con varios manifestantes asesinados por la policía en las calles de Manizales, de ahí la famosa indagatoria de Alzate que armó auténtico escándalo nacional, comenzó a considerársele un líder de “extrema peligrosidad”. Se dice era admirador de Mussolini, resaltando que tenía un enorme parecido físico con este, se dice que admiraba también a Hitler, que era devoto de José Antonio Primo de Rivera y su Falange, marchaba en política “de cara al sol con la camisa rota”, y devoto, así mismo, del otro caudillo, Franco, a quien más adelante le presentaría credenciales como embajador de Colombia, no vacilaría en liquidar nuestro crónico desbarajuste nacional mediante una guerra civil. Estas posiciones de Alzate cobraban consistencia cuando aguerridos nacionalistas, seguidores de su partido, desfilaban de “camisas negras” por algunos lugares del país.

Escribió Hernando Téllez: “...No se cree un orador ni un escritor. Pero asegura que habría podido ser lo uno y lo otro, de primer orden, si los dioses no le hubieran asignado la tarea del caudillo político destinado, de acuerdo con su mismo testimonio, irremediablemente al poder. Considera que ese destino sufrió una lamentable, pero eventual frustración, con motivo de la derrota de las armas alemanas... Rommel en el Africa y Von Paulus en Stalingrado, le jugaron, afirma, una mala partida. Su inmediato porvenir político, en ese entonces, y el de Adolfo Hitler, se hallaba, según asegura, ligados en el tiempo y en el espacio... Las Naciones Unidas estaban luchando, sin saberlo, también contra Alzate. El triunfo de Alemania, habría sido el triunfo de las derechas en el mundo. Y en el mundo estaba Colombia. Y en Colombia estaba Alzate. Ese su sencillo y modesto razonamiento”.

Otra etapa en la vida de Alzate fue la de su retorno al partido Conservador, su ingreso al Senado, la integración con Guillermo León Valencia, Augusto Ramírez Moreno, José María Villarreal y Luis Navarro Ospina de una jerarquía que, sería soporte del gobierno de Ospina Pérez, para asistir a la elección de Laureano Gómez. Vendría luego los duros tiempos de la desbordada violencia que le permitirían a Alzate, fundar el “Alzatismo”, recibir los desmanes inmisericordes del gobierno de Gómez, oponerse a los embates dictatoriales de Alvaro Gómez y Jorge Leiva, integrantes del “siniestro binomio”, compartir con el liberalismo deshonrosas persecuciones, pregonar el entendimiento entre bandos que se combatían a muerte, y conspirar para que se diera “el golpe de opinión” del 13 de junio de 1953. Porque los alzatistas tuvieron acciones mayoritarias en la toma del poder por el general Rojas Pinilla. 

La impresionante oración de Alzate contra el plebiscito del 1º de diciembre de 1957, feroz arremetida para las instituciones frentenacionalistas y cúmulo de profecías sobre el desastre a que serían arrastrados los partidos cuando sus diferencias programáticas se convirtieran en mera puja por los cargos y granjerías para sus respectivas clientelas, tornando ingobernable al país, abre la tercera etapa de su vida, en la que Alzate se verá rodeado por una clientela de aluvión bastante ajena al idealista alzatismo que dio en tierra con la dictadura laureanista.

En este instante Alzate logra la gran jugada política de su accidentada carrera, se alía con Ospina Pérez, gana las elecciones de Cámara de 1960, rompe la tenaza laureanista de la que no sólo eran víctima los conservadores sino el propio presidente LLeras Camargo, y pone a sus seguidores a colaborar con el gobierno. Firme amistad con Carlos Lleras Restrepo despejaba insospechados horizontes. El verdadero cambio estaba a la vista.

A continuación su célebre indagatoria del 8 de octubre de 1943.

Sírvase decir su nombre y apellido. 

Gilberto Álzate Avendaño. 

El lugar de su nacimiento. 

Nací en Manizales, el 10 de octubre de 1910, por las inmediaciones del Parque de Caldas. 

¿Quiénes son sus padres? 

El General Marco Alzate y doña Nohemy Avendaño de Alzate. 

¿Dónde hizo sus estudios? ¿Por cuánto tiempo? 

Las primeras letras en el Colegio de Cristo. Las segundas, en el Instituto Universitario. Las terceras, en la Universidad de Antioquia. Las últimas, solo. En varios planteles me expulsaron por ideas y prácticas subversivas. Fui un mal estudiante, en el sentido escolar del vocablo. Sin embargo, creo que he estudiado siempre. 

¿Qué grado de instrucción posee? 

Soy bachiller y doctor. Todo el mundo lo es en este país, mientras no se demuestre lo contrario. En 1936 me dieron el diploma de profesional, que obtuve con una tesis pedante, sobre la historia de los gremios, empezando desde los judíos del éxodo. Me fatigué cuando iba en los «collegia» romanos y en las gildas de la Edad Media. Por eso quedó trunca, inconclusa. Sin embargo, como citaba textos abstrusos y daba datos estadísticos sobre las finanzas de Egipto bajo los Lágidas, la junta de calificadores resolvió que era muy profunda. Por poco soy laureado de la facultad. Tengo algunos conocimientos, en su mayoría superfluos, que no me facilitan la vida, sino que me la complican. Más me debo a mí mismo. Puedo llamarme autodidacta, sin hipérbole. No me considero ilustrado, a pesar de mis alardes de erudito. 

Aspiro más bien a la cultura, que es algo más profundo. Cierta vez escribí que la cultura es lo que nos queda, después de que olvidamos todo lo que aprendimos. Come ve el señor investigador, la definición es excelente. Me he quedado dudando si es mía o ajena. 

¿Qué profesión tiene? 

Ejerzo la abogacía. Podría asegurar que con bastante competencia, pero no lo hago. No me gusta el oficio. No obstante he trabajado con los mayores bríos, poniendo cuanto soy en el ejercicio profesional. Mi mayor anhelo es abandonar el foro, porque me impresiona morir leguleyo, con el alma prendida de un inciso. Tengo demasiada imaginación para consagrarme al derecho, que exige dotes menores, crítica y dialéctica. El abogado no crea. No produce nada útil. Es una actividad parasitaria. Para sostener a uno de nosotros, muchos campesinos y obreros tienen que estar sudando plusvalía. 

¿Tiene otras actividades? 

Antes era escritor. Pero el recogimiento físico que exige esa tarea me cansa. Ahora leo lo que escriben los demás. Es una disciplina de humildad y paciencia. También fui político activo. Me derrotaron tantas veces, que resolví «hacer mutis por el foro». Vinculado por mi nacimiento a las derechas tuve cierta influencia en la política conservadora, durante mis mocedades turbulentas. Después fundé un partido, que no tuvo muchos prosélitos. Ahora no pertenezco a ninguna colectividad. Políticamente estoy batiendo un récord de permanencia en el aire. Voy solo. Obro por mi cuenta y riesgo. En lo que hago y en lo que digo no represento más que mi “yo” enhiesto, una individualidad áspera, solitaria y orgullosa. 
¿Qué bienes de fortuna posee? 

Un modesto patrimonio de panllevar. Unas pequeñas propiedades urbanas y rurales, unas cuantas acciones bursátiles, muchos libros. Lo que más me interesa de todo es mi biblioteca particular. No tengo apuros económicos, pero mi fortuna es apenas una pobreza decente, lo que llaman la «comedia medianeza». Mi capital productivo lo llevo conmigo a todas partes: es esta cabeza que ve el señor investigador, de la que se han caído el pelo y las ilusiones. Se trata de una máquina de hacer pensamientos, unos que se cambian por dinero, otros que no tienen precio. 

¿Qué enfermedades ha tenido? 

He sufrido sarampión, viruelas, bronquitis y roséola en mi infancia, come todo niño que se respete. Durante la época de mis estudios universitarios me especialicé en tener «surmenage» porque me parecía una enfermedad distinguida, propia de letrados, para excusar mis faltas a clase. Hace unos años me dieron las fiebres recurrentes por falta de aseo en un hotel de tierra caliente. Por lo demás soy un hombre «alentado», como dicen las gentes de mi tierra. Trabajo con energía, como con convicción, y duermo a pierna suelta. Espiritualmente tengo varias dolencias. Una de ellas es la «angustia cósmica», que no importa a los médicos sino a los místicos, como Soren Kierkegaard, doctor estético. No me he puesto de acuerdo sobre si ella procede o no del pecado original. 

¿En su familia ha habido locos? 

No. El menos cuerdo soy yo. 

¿Cretinos? 

Tampoco. La estupidez no es nuestro fuerte. 
¿Cuáles son las condiciones de su vida individual, familiar y social? 

Yo soy lo que la sociedad burguesa llama una persona respetable. Mi existencia es sobria, laboriosa y austera. Vivo con mis padres, como un buen hijo de familia. No pertenezco al Club Rotario ni a la Sociedad de Mejoras Públicas, ni a comités cívicos, ni a juntas de beneficencias. No he ido a cámaras, asambleas o concejos. Tengo aficiones por la literatura, la música, los huevos con jamón, la coca cola y el boxeo. Últimamente me he entregado al baile, no por sentido del ritmo, sino como un ejercicio gimnástico para adelgazar. Mi vanidad es ser un buen chófer aficionado. Me creo un técnico en novelas policíacas. El abuso de la pipa y de la lectura orientan mi vida hacia la de un filósofo contemplativo. Lo que más temo en el mundo -después del santo temor de Dios- es convertirme en un burgués satisfecho.

¿Qué taras o antecedentes hereditarios tiene? 

Confieso que tengo algunos antecedentes familiares que me inquietan y que pueden contribuir a explicar mi peligrosidad extrema. Algunos de ellos los he leído en una novela de Pío Baroja, denominada La leyenda de Juan Álzate. 

Es la obra de un poeta aldeano que narra las viejas historias de su comarca. 

Los Álzate, al decir de Baroja, eran los parientes mayores del país vasco, tan viejos como el monte Larrún. Álzate, en vascuence, quiere decir abundancia de alisos. El aliso es un árbol mágico en la mitología centroeuropea. Por eso algunos han creído que el primer Álzate era un mito solar. Los fundadores del linaje vivían en una vieja torre, a orillas del LamiocingoErreca, un arroyuelo de las Lamias, que marcha a desembocar en el Bidasoa. Dicen las crónicas que uno de esos remotos abuelos, mató a un dragón que se escondía en una de las cuevas del monte Labiaga. Yo me temo que eso se herede. Según el señor Gabriel Arango Mejía, en sus genealogías antioqueñas, en la época de la conquista o la colonia vino a esta tierra el primer hombre de mi casta. Era un capitán llamado Juan Ventura de Álzate. Su hijo mayor tuvo el mismo rango en las milicias reales. Después la familia se hunde en la oscuridad del agro, en el cantón de Marinilla, compuesta por campesinos de cepa y cristianos viejos. Reaparece el virus bélico con doña Simona Duque de Álzate, la madre macabea de Antioquia, que diera todos sus hijos al Libertador. Yo conozco el retrato al óleo de la intrépida anciana, vestida de un raído pañolón azul, en el salón del concejo de Marinilla. Mi bisabuelo Andrés Álzate fue ayudante de Córdoba. Mi abuelo paterno se ocupó en las faenas agrícolas, como un modesto propietario rural. Mi padre se dedica nuevamente a la vida castrense, hace inútilmente un gesto heroico cuando la separación de Panamá y alcanza el grado de general de división, el más alto del ejército, permaneciendo en servicio activo hasta 1932. Por la línea materna, mi abuelo, Angel María Avendaño, fue general de brigada y un desmesurado varón de gesta. Mis tíos han sido oficiales del ejército o la policía. Sobre mí gravita, pues, un ancestro guerrero. Tengo demasiados capitanes detrás. Yo me siento literalmente abrumado por la pesadumbre de tantos lauros marciales. Aunque yo soy la primera generación literaria de la familia, en mi estilo vital existe una influencia atávica que me lleva a entender que la vida es milicia. En este tránsito familiar de las armas hacia las letras, me han quedado demasiados rastros de guerrillero. Lo que hago es combatir, aunque sea con palabras. El señor investigador, que es abogado, va a entenderme la profundidad de una expresión algo sombría: yo siento el mundo como contraparte. 

¿Ha tenido usted choques contra el medio social? 

Ninguno. Carezco en absoluto de resentimiento. El destino me dio algunos atributos nativos. El resto, lo he conquistado a zarpazos. Puedo estar satisfecho de mi suerte. Pero soy un no conformista. Eso es todo. Cuando niño peleaba a puñetazos para buscar lo que quería o satisfacer mi vanidad lesionada. Hoy lo hago con ideas, endurecidas, crispadas, que estallan con un ruido seco de proyectiles. 

¿Quiénes son sus amigos? 

Tengo muchos en todos los órdenes y clase. Hay una docena que siento más próximos a mi espíritu. Hasta hace poco era amigo del doctor Alfonso López, pero creo que ese vínculo cordial está roto por mi modesto concurso en la divulgación de los escándalos financieros de su familia. En Caldas tengo amistades con todo el mundo, inclusive con mis deudores, cuyos autógrafos conservo. Puedo decir más fácilmente los nombres de mis enemigos, que están muy bien escogidos. 

¿Sabe usted o presume quién sería la persona que descendió de su automóvil particular, el miércoles seis del mes en curso, para dirigirse a los choferes estacionados en la Plaza de los Fundadores, con el objeto de invitarlos a sentarse en la Avenida Cervantes? 

Es posible que haya sido yo. La invitación a sentarse es cumplimiento de una fórmula de cortesía, tal como la prescribe don Tulio Ospina en su Protocolo hispanoamericano de la urbanidad y de los buenos modales. Si no me equivoco, es en la página 67, sobre la manera de sentarse en cualquier ocasión. 
¿Sabe usted o presume quién sería la persona que ese mismo día, en el lugar referido, aconsejó a los chóferes que no le tuvieran miedo a nadie, ni a la policía, ni al ejército? 

-En la hipótesis de que ese consejo fuera evidente, no creo que constituya ningún cargo. Sería antes una muestra de confianza en tales instituciones, cuya misión no es asustar a los ciudadanos, sino ampararlos. No tengo por qué aconsejar a nadie sino el temor de Dios. Naturalmente, si me percato antes de la manía homicida de los agentes, les digo a los chóferes que huyeran de ellos como de la peste. 

¿Sabe usted o presume quién sería la persona que dijo a los chóferes, en las mismas circunstancias de lugar, tiempo y modo, que la policía no se atrevería a masacrarlos, porque el régimen estaba tan débil que no resistía una hemorragia nasal? 

La frase parece mía. Tiene cierto aire de familia. Yo nunca supuse que el gobierno disolviera a bala una huelga justificada, consumando el asesinato en masa de un pueblo indefenso. Puedo decir como Fouché ante un acto semejante: «Fue algo peor que un crimen: ha sido un error». Ese es mi pronóstico. Mantengo mi concepto sobre el efecto debilitante de esa clase de hemorragias. Esa política quirúrgica de desangrar al pueblo, va a costarle muchos quebrantos al liberalismo. 

¿Era la huelga justa? 

Naturalmente. El gobierno se había puesto fuera de la ley, con una resolución inicua. El gremio de transportadores se encuentra en una situación dramática, con dificultades creadas por la guerra, pero que agrava la estúpida arrogancia y la incomprensión obtusa del gobierno. Hay estadísticas más patéticas que todos los discursos. Cerca de treinta mil chóferes asalariados están cesantes. Por cada vehículo de servicio público hay cuatro pilotos. Los pequeños propietarios se encuentran al borde de la ruina. Sus vehículos, adquiridos con pacto de reserva de dominio, no producen siquiera para amortizar las deudas pendientes. No hay repuestos. El gobierno especula con las llantas. La burocracia creada por el estado se sostiene con un abusivo impuesto de reajustes, establecido no por la ley, ni siquiera por decretos extraordinarios, sino por una resolución de la dirección de tarifas. No existe técnica para organizar la industria, ni para fijar las rutas. Las empresas de Caldas esperan un experto en tarifas para que se fije el valor de los pasajes, hace más de un año. Las tarifas vigentes no corresponden al actual costo de la vida, ni al desgaste de material rodante. En síntesis el gobierno, que ha intervenido en los transportes inconstitucionalmente, sin una ley expedida con los requisitos especiales de rigor, no ha hecho otra cosa que crear el caos en la industria y oprimir a los chóferes. En una oficina burocrática de Bogotá unos empleados recogen datos, suman guarismos, dictan órdenes, sin entender no solamente la cuestión técnica, sino el problema social humano, anejo al gremio de transportadores, porque aquí se trata de hombres de carne y hueso, no solamente de cifras.

¿Usted como abogado no sabe que hay recursos judiciales para anular las providencias que pugnan con la constitución y las leyes? 

Lo sé. Pero los chóferes desesperados no podían aguardar los trámites morosos de un juicio, ni costear abogados de prestigio. Precisamente porque soy un jurista en ejercicio, no tengo la superstición de la letra muerta dela ley. Creo en un derecho fundado en la voluntad de los hombres vivos. No solamente he estudiado leyes, sino su filosofía, su justificación ética. Teólogos españoles como Suárez y Mariana me han enseñado que no se debe obedecer la ley injusta. 

¿No conocía usted los preceptos legales que prohíben el paro en los servicios públicos de transporte? 

Claro que los he visto. Sin embargo, una huelga es por naturaleza un acto negativo de fuerza, que no puede encuadrarse cabalmente dentro de los textos legales. No se trata de discutir sobre parágrafos, sino de resolver una situación social creada en la calle. Es una majadería hablar de paros ilegales. El obrero no necesita permiso para abandonar, individual o colectivamente, el trabajo. ¿Qué hace? Simplemente, como decía Lacordaire, coge sus brazos y se va. ¿Cómo se puede sancionar ese hecho? 

¿Usted tuvo la iniciativa de la huelga tendida? 

Si no tuve esa iniciativa, sí fui uno de sus más entusiastas partidarios. Los acontecimientos me dieron la razón. La resistencia pasiva de los chóferes a dejar romper su paro, dejándose caer sobre las vías, fue lo que determinó la derogatoria de la resolución 779 de 1943. El gobierno no podía pasar sobre los cuerpos de los obreros. 

¿Quién aconsejó las barricadas? 

Esos parapetos se levantaron por la espontánea iniciativa popular. El pueblo enardecido por las brutalidades de la policía levantó sus trincheras. Nadie dio esa orden. Yo quise que desbarataran sus barricadas. Pero comprendo que ellas demuestran la magnífica entereza, el ánimo esforzado, la voluntad de lucha de las clases pobres. Al pie de sus queridas barricadas, el pueblo montaba guardia, para defender su derecho a la vida. Ellas son una epopeya civil. 

¿Quién tuvo la responsabilidad de la masacre? 

El señor Alfonso Jaramillo Arango. Sus intrigas, sus truhanerías, su falta de tacto en ese arte difícil de gobernar. En un alarde de fuerza, quiso romper la huelga con un convoy. Antes había querido desmoralizar el paro, encarcelando a los cabecillas de los chóferes. Después trató de sabotearlo, aseverando pérfidamente que era un complot para derrocar al régimen, conmigo como jefe. Cuando comenzaron los choques estaba encerrado en su despacho, haciendo chanchullos, chantajeando a los chóferes liberales, tratando vanamente de lanzar contra el gremio de transportadores a los sindicatos. Tuvo más tarde miedo. Un miedo lívido, abyecto, villano. Estaba en un acceso de histerismo, alucinado por el pavor. Hay un miedo que huye, como hay un miedo que dispara. Con la sangre fría y el sentido común de don Roberto Marulanda, el pueblo de Manizales no velaría hoy al pie de unas tumbas.

¿Es usted solidario con la huelga? 

Lo soy, plenamente. Me siento ufano de su resultado. Aunque usé de mi influencia ante los chóferes para evitar desafueros, hoy asumo la responsabilidad total del paro. Respondo por lo que hice y por lo que no hice, por mis consejos y por las iniciativas ajenas, por lo que yo mismo puse en práctica y por lo que se llevó a cabo contra mi voluntad. La policía es responsable de las reacciones populares, estimuladas por sus imprudentes provocaciones. También lo es de cuatro cadáveres que quedaron tendidos en los alrededores de la plaza de mercado. Se trata de un crimen atroz, porque el pueblo se encontraba desarmado. 

El gobernador dice que usted trató de soliviantar al pueblo en contra suya. 

El gobernador tiene lo que los psiquiatras llamamos una constitución mitomaníaca. Sus raptos de histeria, sus fábulas, sus desvergonzadas tergiversaciones de los hechos prueban el acierto de este diagnóstico. Yo siempre me opuse a la violencia, por considerarla contraproducente a inútil. 

Yo entiendo una huelga, al modo de Mirabeau, como la expresión de poder del pueblo, que para ser formidable, no necesita más que permanecer quieto.

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