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BUSHIDO: EL CAMINO DEL GUERRERO


En la actualidad como Nacional Socialistas tenemos mucho que aprender de este ancestral código de conducta tan duro y a la vez tan coherente, en un mundo donde el valor de la palabra se perdió totalmente, donde los valores han sido reemplazados por antivalores, donde la Televisión y el cine nos reemplazan constantemente los verdaderos héroes de antaño por antihéroes destructivos y cada vez más decadentes y miserables, embutidos en la cabeza de niños, jóvenes y adultos como modelos a seguir, en este corrupto y cada vez más podrido sistema es de vital importancia retomar este “camino del guerrero” que nos dejaron como legado auténticos héroes, hombres guiados por el honor y por la justicia, justo como los grandes ejemplos que tenemos dentro del movimiento fundacional que tanto admiramos, como nuestro eterno e inmortal führer Adolf Hitler, Joseph Goebbels, Martin Bormann, como los miles de hombres y mujeres alemanes que prefirieron la muerte antes que la deshonra de caer en manos de los criminales aliados, como los mismos Samurái que durante la Rebelión de Satsuma murieron luchando hasta el final negándose a vivir en un mundo que les era ajeno a sus valores, como los más de 260.000 inocentes que murieron con los bombardeos nucleares en Hiroshima y Nagasaki, ataques criminales, cobardes e injustificados, de los cuales nadie habla como la infamia que verdaderamente fueron, por que el único holocausto que pesa es el que quizás nunca sabremos si es exactamente como no lo cuentan a diario en documentales y series que año tras año no aportan nada nuevo, porque es el único hecho de toda la historia universal del cual no se puede dudar o mínimamente investigarse con una mirada objetiva e imparcial sin favorecer los intereses de una parte u otra, so pena de grandes multas y hasta prisión, en un mundo democrático donde la libre expresión puede condenarte a la cárcel porque paradójicamente existen los crímenes de opinión y pensamiento.

Todos los valores reflejados en el Bushidō son los mismos que vemos en lo que es ser realmente un Nacional Socialista, admiramos el pasado glorioso de una época concreta y de unos logros que dieron lugar a una revolución espiritual, social y mental que difícilmente podrán sepultar en años de mentiras, más no lo añoramos con nostalgia porque es hora de construir nuestro propio futuro, no debemos vivir en el pasado, pero si debemos tomar de este lo que hoy en día nos sirva para forjar las bases de una vida que enaltezca los valores que predicamos y que con esfuerzo en un sistema diseñado para destruir todo lo que es sano deseamos seguir, por eso les comparto esta visión remota de un código de conducta que puede ser ajeno culturalmente pero muy cercano en esencia a lo que queremos llegar a ser.


En la tradición japonesa, el Bushidō (武士道) es un término traducido como “el camino del guerrero”. El Bushidō ha llegado a ser conocido como el código Samurái, pero es más que eso. El nombre dado no es “el código” o “la ley” del guerrero, sino mejor, “el Camino”. No es simplemente una lista de reglas a las cuales un guerrero se debe apegar a cambio de su título, sino un conjunto de principios que preparan a un hombre o a una mujer para pelear sin perder su humanidad, y para dirigir y comandar sin perder el contacto con los valores básicos. Es una descripción de una forma de vida, y una prescripción para hacer un guerrero-hombre noble. Es un código ético estricto y particular al que muchos Samuráis (o bushi) entregaban sus vidas, que exigía lealtad y honor hasta la muerte. Se desarrolló en Japón entre las eras Heian y Tokugawa (S.IX-XII). El Bushidō era el código, la ley, que regía las vidas de los Samuráis, una clase de guerreros similares militarmente a los caballeros medievales europeos, pero radicalmente distintos a ellos en sus vidas cotidianas, fuera de la guerra. Los Samuráis seguían un ceremonial específico cada día de su vida, así como en la guerra.

Nacido a la vez de la filosofía, la religión y las artes marciales orientales, el Bushidō encuentra sus principales fuentes en las tres escuelas de pensamiento oriental más influyentes del Japón feudal: el Budismo Zen, el Confucionismo y el Sintoísmo, tres pensamientos tan dispares y a la vez tan parecidos entre sí que en torno al siglo X D.C.  harían algo sin precedentes en la historia de la filosofía mundial: concordarían para dar lugar a un código ético-moral-militar único, tanto en su concepción como en su mensaje, pues este código pone el énfasis en la lealtad, el auto-sacrificio, la justicia, el sentido de la vergüenza, la educación, la pureza de espíritu, la modestia, la humildad, el espíritu marcial, el honor y el amor.

El Sintoísmo, otra doctrina japonesa, da al Bushidō su lealtad y patriotismo. El Sintoísmo[1] incluye la veneración a los ancestros, lo cual hace a la Familia imperial la fuente de la nación. Esto da al Emperador una reverencia casi divina. Él es la representación del Cielo en la Tierra. Con semejante lealtad, el Samurái se compromete con el Emperador y a su Daimyo[2] o señor feudal, Samurái de mayor rango. El Sintoísmo también proporciona la columna vertebral del patriotismo y el respeto hacia su propio país, Japón. Ellos creen que la Tierra no está para satisfacer sus necesidades mundanas, es la residencia sagrada de los dioses, los espíritus de sus antecesores... Bajo este convencimiento La Tierra es así respetada, cuidada, protegida, alimentada y amada por el hecho de estar haciendo uso de una maravilla que no les pertenece.

El Confucionismo proporciona sus creencias en las relaciones con el mundo humano, su entorno y su familia. El Confucionismo da importancia a las 5 relaciones morales entre maestro y siervo, padre e hijo, marido y esposa, hermano mayor y menor, y amigo y amigo. Son estas relaciones con los demás lo que persigue el Samurái. Sin embargo el Samurái no está de acuerdo con muchos de los escritos de Confucio. El Samurái cree que el hombre no debe sentarse y pasarse todo el día leyendo libros, ni debería estar escribiendo poesías todo el día: un intelectual especialista era considerado como una máquina. En vez de eso el Bushidō cree que el hombre y el universo fueron hechos para ser semejantes tanto en espíritu como en actitud. Un Samurái es pues un hombre de acción reflexivo.

Junto con esas virtudes, el Bushidō también sigue con sumo respeto la justicia, benevolencia, amor, sinceridad, honestidad, y auto-control. La justicia es uno de los principales factores en el código del Samurái: caminos torcidos y acciones injustas son consideradas denigrantes e inhumanas. El amor y benevolencia eran virtudes supremas y actos dignos de un príncipe, no había mayor gloria para un Samurái que la de poder ayudar a los demás. La sinceridad y la honestidad eran tan valoradas como sus vidas.

Bushi no ichi-gon o “La palabra de un Samurái” trasciende a un mero pacto de confianza y completa fe. Cuando un Samurái daba su palabra era su propia vida lo que ponía como garantía, razón por la cual ningún pacto, tarea o misión de un Samurái fue jamás recogida por escrito. El Samurái también necesitaba un completo auto-control y estoicismo para ser totalmente honroso. No debían mostrar en público signos de dolor o alegría. Soporta todo interiormente, ya que tiene prohibido gemir ni llorar. Siempre mostraba un comportamiento calmado y una compostura mental que hacían que ninguna pasión de ningún tipo debería interponerse. Esta educación tan dura era necesaria para llegar a ser un verdadero y completo guerrero, y los Samuráis lo aceptaban.

En Japón la clase guerrera era conocida como Samuráis, también llamada bushi[3]. Formaron una clase durante los siglos IX y XII. Emergieron de las provincias de Japón para transformarse en la clase gobernante, hasta su declive y total abolición en 1876, durante la era Meiji.

Los Samuráis eran luchadores expertos en las artes marciales. Tenían notable habilidad con el arco y la espada y también eran grandes jinetes. Pero lo que de verdad fascinaba al pueblo llano japonés era su modo de vida, la lealtad total del Samurái a su Emperador y a su Daimyo. Los japoneses sabían que los Samuráis eran honestos y de total confianza, vivían vidas frugales sin intereses en la riqueza y cosas materiales, pero con gran interés en el orgullo y honor. Eran hombres de valor verdadero, los Samuráis no temían a la muerte y por eso entablaban batallas sin importar cuales fueran las dificultades. Morir en la guerra reportaría honor a su familia y a su señor. En el corazón del Bushidō está la aceptación del Samurái a la muerte. “El camino del Samurái se encuentra en la muerte” dice el Hagakure, una explicación del Bushidō de 1716 cuyo título significa literalmente “Oculto en las hojas”.

Los Samuráis preferían luchar solos y cuerpo a cuerpo, sólo utilizaban el arco cuando la batalla era masiva y nunca lo hacían de buen agrado, pues consideraban las armas a distancia innobles de un guerrero. Esta especial filosofía de combate hacía que la gente viera a los Samuráis como la antítesis de los ninjas[4]. En batalla un Samurái “invocaría” el nombre de su familia, rango y hazañas. Entonces buscaría un oponente de similar rango y batallarían. Una circunstancia propia de los Samuráis, que a los occidentales nos suele horrorizar es el hecho de que, cuando un Samurái acaba con su oponente en una buena lucha, le decapita para así tras la batalla retornar con las cabezas de los oponentes vencidos para acreditar así su victoria. Las cabezas de los generales y aquellos con alto rango que el Samurái había vencido eran transportadas de vuelta a la capital y mostradas en las celebraciones y similares para gloria del guerrero vencedor.

Pero sin duda, lo que más nos impresiona a los occidentales de esta clase guerrera era la disposición que tenían para morir, hasta el punto de que la única salida para un Samurái derrotado en combate y aún con vida, era el suicidio ritual: el seppuku.

El seppuku, haraquiri, harakiri o hara-kiri (腹切 o 腹切り «corte del vientre») es el suicidio ritual japonés por desentrañamiento. El seppuku es una parte clave del Bushidō y se realizaba de forma voluntaria para no morir en manos del enemigo o para expiar un fallo al código del honor, u obligatorio, por mandato de un señor feudal (Daimyo), Shogun o tribunal en caso de que un Samurái cometiera un delito de asesinato, robo, corrupción, etc. En tal caso, lo habitual era poner al acusado bajo la custodia de un Daimyo de confianza, concediéndosele un plazo para la consumación del seppuku. De no producirse, el reo era automáticamente ejecutado. Lo normal era que se efectuase el seppuku en su debido tiempo, ya que la familia de un ejecutado heredaba su deshonor y era despojada del patrimonio a su cargo, lo que significaba perder la pertenencia a la casta Samurái y prácticamente morir de hambre en muchos casos.

Previamente a ejecutar el seppuku se bebía sake y se componía un último poema de despedida llamado zeppitsu o yuigon, casi siempre sobre el dorso del tessen o abanico de guerra. Luego, el practicante, debía situarse de rodillas en la posición ‘seiza’, abrirse el kimono (habitualmente de color blanco, que solo visten los cadáveres), meterse las mangas del kimono bajo las rodillas para impedir que su cuerpo caiga indecorosamente hacia atrás al sobrevenirle la muerte; envolver cuidadosamente la hoja del ‘tantō’ (daga de unos 20 - 30 cms) en papel de arroz, ya que morir con las manos cubiertas de sangre es considerado deshonroso; y proceder a clavarse la daga en el abdomen. El ritual completo consistía en clavarse el tantō por el lado izquierdo con el filo hacia la derecha; cortar hacia la derecha firmemente y volver al centro para terminar con un corte vertical hasta casi el esternón. El Samurái no moría al instante, sino que sufría una agonía de varias horas. Puesto que ni el practicante del seppuku quería sufrir tanto, ni el público contemplar tal suplicio, era recomendable poner a disposición del practicante un ayudante en el suicidio, kaishaku en japonés. Este kaishaku es a menudo seleccionado para tal fin por el propio condenado, un amigo o un familiar. Su misión era permanecer de pie al lado del practicante y decapitarlo en el momento apropiado. Ese momento solía ser establecido de antemano a voluntad del practicante, lo más habitual era acordar una señal que tenía que dar quien se disponía a realizar el rito, tras la cual el ayudante debería actuar con rapidez mortal. El valor de los practicantes así como el honor de su muerte es cuantificado según lo lejos que lleguen en la práctica del mismo antes de que el ayudante proceda a la decapitación, siendo considerados de excepcional valor quienes llegasen a practicarse el corte vertical hacia el esternón. La práctica de seguir al amo en la muerte por medio del harakiri es conocida como oibara (追い腹 o 追腹) o tsuifuku (追腹). Todo este ritual era considerado un acto de indiscutible honor.

Los Samuráis alcanzaron su máximo esplendor entre los años 1400 y 1500 D.C. Avanzado el final de la era Tokugawa, entre el 1700 y 1800 D.C., con los cambios tan abruptos y masivos en la cultura japonesa, el país comenzó a abrirse al resto del mundo y se encaminó hacia una vida más modernizada, mas “occidental”, un mundo donde los Samuráis y su estricto código de conducta ya no tenían cabida.

En su forma original, se reconocen en el Bushidō siete virtudes asociadas:





Gi - Justicia (Decisiones Correctas)
Sé honrado en tus tratos con todo el mundo. Cree en la justicia, pero no en la que emana de los demás, sino en la tuya propia. Para un auténtico Samurái no existen las tonalidades de gris en lo que se refiere a honradez y justicia. Sólo existe lo correcto y lo incorrecto.

Yu- Coraje
Álzate sobre las masas de gente que temen actuar. Ocultarse como una tortuga en su caparazón no es vivir. Un Samurái debe tener valor heroico. Es absolutamente arriesgado. Es peligroso. Es vivir la vida de forma plena, completa, maravillosa. El coraje heroico no es ciego. Es inteligente y fuerte. Reemplaza el miedo por el respeto y la precaución.

Jin - Benevolencia
Mediante el entrenamiento intenso el Samurái se convierte en rápido y fuerte. No es como el resto de los hombres. Desarrolla un poder que debe ser usado en bien de todos. Tiene compasión. Ayuda a sus compañeros en cualquier oportunidad. Si la oportunidad no surge, se sale de su camino para encontrarla.

Rei - Respeto, Cortesía
Los Samurái no tienen motivos para ser crueles. No necesitan demostrar su fuerza. Un Samurái es cortés incluso con sus enemigos. Sin esta muestra directa de respeto no somos mejores que los animales. Un Samurái recibe respeto no solo por su fiereza en la batalla, sino también por su manera de tratar a los demás. La auténtica fuerza interior del Samurái se vuelve evidente en tiempos de apuros.

Makoto - Honestidad
Cuando un Samurái dice que hará algo, es como si ya estuviera hecho. Nada en esta tierra lo detendrá en la realización de lo que ha dicho que hará. No ha de “dar su palabra”, no ha de “prometer”, el simple hecho de hablar ha puesto en movimiento el acto de hacer. Hablar y hacer son la misma acción.

名誉 Meiyo – Honor
Es la virtud más importante de todas. El auténtico Samurái sólo tiene un juez de su propio honor, y es él mismo. Las decisiones que toma y cómo las lleva a cabo son un reflejo de quién es en realidad. No puede ocultarse de sí. En caso de quedar mancillado, la única forma de restaurarlo es mediante el Seppuku o suicidio ritual.

忠義 Chuugi – Lealtad
Haber hecho o dicho “algo”, significa que ese “algo” le pertenece. Es responsable de ello y de todas las consecuencias que le sigan. Un Samurái es intensamente leal a aquellos bajo su cuidado. Para aquellos de los que es responsable, permanece fieramente fiel. Para el guerrero, las palabras de un hombre son como sus huellas: puedes seguirlas donde quiera que él vaya.




[1] El Sintoísmo es, hoy día, la religión dominante de Japón. Es una de las facetas japonesas que más choca a los occidentales, sobre todo esa veneración y respeto a los muertos. Es más, en Japón no creen en fantasmas, están convencidos de su existencia como entes malignos de personas innobles atrapadas entre los dos mundos.

[2] Título con que se designaba a los Samuráis de mayor rango, generalmente nobles y señores feudales japoneses, que seguían a su vez el código Bushidō. Su figura era la contraposición de los Shogun, los dictadores japoneses que gobernaron el país hasta mediados del siglo XIX.

[3] La palabra Samurái procede del verbo japonés saburau que significa “servir como ayudante”. La palabra bushi es una palabra japonesa que significa “caballero armado”. La palabra Samurái fue utilizada por otras clases sociales, mientras que los guerreros se llamaban a sí mismos mediante un término más digno, bushi.

[4] El ninja o shinobi era otra clase de guerrero japonés. La clase shinobi era la encargada del espionaje y de cometer asesinatos sin ser vistos. Esta metodología de lucha era muy mal vista y por eso los guerreros ninja gozaban de muy mala fama. Sin embargo se sabe que, al igual que los bushi, los shinobi poseían su propio código de honor, el ninpo, y que llegar a ser shinobi exigía tanto sacrificio y dedicación como la necesaria para llegar a ser un samurai.

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