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30 DE ENERO DE 1933


El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler es nombrado Canciller del Reich Alemán. Se encuentra al frente de un gobierno que no es aún nacionalsocialista, rodeado de conservadores que no desean sino emplearlo para sus propios fines. Solo Hitler y otros dos ministros, Wilhem Frick (Interior) y Hermann Göring (Sin artera), son miembros del partido.


Otros tres ministros del primer gabinete presidido por Hitler, von Neurath (Asuntos Exteriores), Schverin von Krosigk (Finanzas), y Seldte (Trabajo), se unirán posteriormente al NSDAP. En unos meses Göring dejará de ser Ministro sin cartera para serlo del Aire. En marzo de 1933 Goebbels entrará en el gabinete (Ilustración pública y propaganda) y Hess lo hará en diciembre (Sin cartera).



Los tres primeros nacionalsocialistas son veteranos del partido. Dos han luchado en la Gran Guerra, el tercero (Frick) ocupó un puesto de responsabilidad en la retaguardia. Los tres han estado en el Putsch de Munich. Frick será enjuiciado junto a Hitler por el mismo y condenado a 15 meses de cárcel, así como a perder su cargo público; Göring recibirá varias heridas de bala durante el mismo.

Ha valido la pena. En diez años han conseguido que un movimiento originalmente marginal dentro de la política alemana, confinado en la sureña y católica Baviera, logre extenderse al resto del país y se convierta en uno de los más grandes movimientos de masas de la historia de Europa.

Saben que la derecha, los junker prusianos del DNVP, los conservadores del Zentum bávaro o de los partidos vagamente patrióticos, vagamente monárquicos que les apoyan no desean sino emplearlos, saben también que una vez que logren entrar en los Ministerios merecerán permanecer en ellos, que el pueblo les mantendrá en ellos. Sus aliados de la derecha no pueden adivinarlo pero está a punto de comenzar un periodo glorioso, acabado desgraciadamente en tragedia, en el que, bajo el liderazgo de unos jefes que saben lo que quieren, todo un pueblo, humillado en Versalles, explotado por las reparaciones de guerra, asqueado por la política acabará por unirse en un gran impulso revolucionario, dando al mundo leyes que pasados ochenta y tres años continúan siendo renovadoras y originales.

La noche del nombramiento miles de camisas pardas salieron a la calle. Un ejército voluntario, inmenso y disciplinado, mostrando con su mera presencia que aquel cambio de gobierno no va a ser un simple cambio de gobierno sino algo más grande. Desfilan entre vítores populares delante de la Cancillería donde el Mariscal Hindenburg y el Canciller Hitler les ven pasar.

Este es el primer discurso pronunciado apenas tomado el poder. Cuando la tinta de los nombramientos aún estaba fresca. Buscaremos en vano en este discurso amenazas, por el contrario veremos ofertas de paz y colaboración internacional. No encontraremos tampoco promesas incumplidas. Cuando Hitler, en 1933 dice que piensa acabar con el paro está haciendo una promesa que se verá cumplida en pocos años. Las únicas palabras verdaderamente duras, pocas y moderadas cuando se piensa en todo lo que nos han contado sobre Hitler sus enemigos, están destinadas a la clase política socialdemócrata que desde Berlín han mal gobernado el país durante catorce años.


LLAMAMIENTO DEL GOBIERNO DEL REICH AL PUEBLO ALEMÁN
Discurso 1 de febrero de 1933 

Más de catorce años han transcurrido desde el infortunado día en que el pueblo alemán, deslumbrado por promesas que le llegaban del interior y del exterior, lo perdió todo al dejar caer en el olvido los más excelsos bienes de nuestro pasado: la unidad, el honor y la libertad. Desde aquel día en que la traición se impuso, el Todopoderoso ha mantenido apartada de nuestro pueblo su bendición. La discordia y el odio hicieron su entrada. Millones y millones de alemanes pertenecientes a todas las clases sociales, hombres y mujeres, lo mejor de nuestro pueblo, ven con desolación profunda cómo la unidad de la nación se debilita y se disuelve en el tumulto de las opiniones políticas egoístas, de los intereses económicos y de los conflictos doctrinarios. Como tantas otras veces en el curso de nuestra historia, Alemania ofrece desde el día de la Revolución un cuadro de discordia desolador. La igualdad y la fraternidad prometidas no llegaron nunca, pero en cambio perdimos la libertad. A la pérdida de unidad espiritual, de la voluntad colectiva de nuestro pueblo, siguió la pérdida de su posición política en el mundo. Calurosamente convencidos de que el pueblo alemán acudió en 1914 a la gran contienda sin la menor noción de haberla provocado, antes bien movido por la única preocupación de defender la nación atacada, la libertad y la existencia de sus habitantes, vemos en el terrible destino que nos persigue desde noviembre de 1918 la consecuencia exclusiva de nuestra decadencia interna. Pero el resto del mundo se encuentra asimismo conmovido desde entonces por crisis no menos graves.

El equilibrio histórico de fuerzas, que en el pasado contribuyó no poco a revelar la necesidad de una interna solidaridad entre las naciones, con todas las felices consecuencias económicas que de ella resultan, ha sido roto. La idea ilusoria de vencedores y vencidos destruye la confianza de nación a nación y, con ello, la economía del mundo. Nuestro pueblo se halla sumido en la más espantosa miseria. A los millones de sin trabajo y hambrientos del proletariado industrial, sigue la ruina de toda la clase media y de los pequeños industriales y comerciantes. Si esta decadencia llega a apoderarse también por completo de la clase campesina, la magnitud de la catástrofe será incalculable. No se tratará entonces únicamente de la ruina de un Estado, sino de la pérdida de un conjunto de los más altos bienes de la cultura y la civilización, acumulados en el curso de dos milenios. Surgen amenazadores en torno nuestro los signos que anuncian la consumación de esta decadencia. En un esfuerzo supremo de voluntad y de violencia el comunismo trata, con sus métodos inadecuados, envenenar y disolver definitivamente el espíritu del pueblo, desarraigado y perturbado ya en lo más íntimo de su ser, para llevarlo de este modo a tiempos que, comparados con las promesas de los actuales predicadores comunistas, habrían de resultar mucho peores todavía que la época que acabamos de atravesar en relación con las promesas de los mismos apóstoles en 1918. Empezando por la familia y hasta llegar a los eternos fundamentos de nuestra moral y de nuestra fe, pasando por los conceptos de honor y fidelidad, pueblo y patria, cultura y riqueza, nada hay que sea respetado por esa idea exclusivamente negativa y destructora.

Catorce años de marxismo han llevado a Alemania a la ruina. Un año de bolchevismo significaría su destrucción. Los centros de cultura más ricos y más ilustres del mundo quedarían convertidos en un caos. Los males mismos de los últimos quince años no podrían ser comparados con la desolación de una Europa en cuyo corazón hubiese sido levantada la barbarie roja de la destrucción. Los millares de heridos, los incontables muertos que esta guerra interior han costado hasta hoy a Alemania, pueden ser considerados como el relámpago que presagia la tormenta cercana. En estas horas de preocupación dominante por la existencia y el porvenir de la nación alemana, nosotros, los hombres de los partidos y las ligas nacionales, hemos recibido el llamamiento del anciano jefe de nuestros ejércitos en la guerra mundial, para que, una vez más, en el hogar de la patria ahora, como antes en el frente, nos aprestáramos a luchar bajo sus órdenes por la salvación del Reich. Al sellar para este fin con nuestras manos una alianza común, respondiendo a la generosa iniciativa del Presidente del Reich, hacemos como jefes de la Nación, ante Dios, ante nuestras conciencias y ante nuestro pueblo, la promesa de cumplir con decisión y perseverancia la misión que en el Gobierno Nacional nos ha sido confiada. La herencia que recogemos es terrible. La tarea que hemos de acometer en busca de una solución es la más difícil que, de memoria humana, ha sido impuesta a hombres de estado alemanes. La confianza que a todos nos inspira es, no obstante, ilimitada: porque tenemos fe en nuestro pueblo y en los valores imperecederos que atesora. Campesinos, obreros y burgueses, han de aportar conjuntamente las piedras necesarias para la edificación del nuevo Reich. El Gobierno Nacional considerará, por tanto, como su primera y principal misión, el restablecimiento de la unidad en el espíritu y en la voluntad de nuestro pueblo. Vigilará y defenderá los cimientos en que se funda la fuerza de nuestra nación. El cristianismo, como base de nuestra moral, y la familia, como célula germinal del pueblo y del estado, gozarán de su protección más decidida.

Por encima de todas las clases y estamentos se propone devolver a nuestro pueblo la conciencia de su unidad nacional y política y de los deberes que de ella se derivan. Quiere hacer del respeto a nuestro gran pasado y del orgullo por nuestras viejas tradiciones la base para la educación de la juventud alemana. Con ello declara una guerra sin cuartel al nihilismo espiritual, cultural y político. Alemania no debe ni quiere hundirse en el comunismo anarquista. En lugar de los instintos turbulentos se propone el Gobierno elevar de nuevo la disciplina nacional a la categoría de elemento rector de nuestra vida. Al hacerlo así prestará el Gobierno su máxima atención a todas aquellas instituciones que son los verdaderos baluartes de la fuerza y de las energías nacionales.

El Gobierno Nacional resolverá el gran problema de la reorganización económica de nuestro pueblo por medio de dos grandes planes cuatrienales: Protección eficaz a la clase campesina como medio para mantener la base de la subsistencia material y, con ello, de la vida misma de la nación. Protección eficaz a los obreros alemanes por medio de una campaña enérgica y general contra el paro forzoso.

En catorce años los partidos de la revolución de noviembre han arruinado a la clase campesina alemana. En catorce años han creado un ejército de millones de obreros en paro forzoso. El Gobierno Nacional llevará a cabo con férrea decisión e infatigable constancia el plan siguiente: Dentro de cuatro años el campesino alemán debe haber sido arrancado de la miseria.

Dentro de cuatro años el paro forzoso debe haber sido definitivamente vencido. Con ello han de producirse, al propio tiempo, las condiciones previas para el florecimiento de las demás actividades económicas. A la par que esta tarea gigantesca de saneamiento de nuestra economía, el Gobierno Nacional acometerá el saneamiento del Reich, de los estados autónomos y de los municipios, en su administración y su sistema tributario. Únicamente así llegará a ser una realidad de carne y hueso el mantenimiento del Reich sobre la base del principio federativo. La colonización interior y el servicio obligatorio de prestaciones de trabajo al Estado figuran entre los pilares básicos de este programa. Pero la preocupación por el pan cotidiano irá también acompañada del cumplimiento de los deberes sociales en los casos de enfermedad y de vejez. En la economía de la administración, el fomento del trabajo, la protección a nuestra clase campesina, así como en el aprovechamiento de las iniciativas individuales reside al propio tiempo la mejor garantía para evitar cualquier experimento que pueda poner en peligro nuestra moneda.

En política exterior, el Gobierno Nacional entiende que su principal misión consiste en la defensa de los derechos vitales de nuestro pueblo, unida a la reconquista de su libertad. Dispuesto a acabar con la situación caótica que Alemania atraviesa, contribuirá con ello a incorporar en la comunidad de las naciones, un Estado de igual valor que los demás, pero al mismo tiempo también con iguales derechos. El Gobierno se siente a este respecto animado por la grandeza del deber que le incumbe de contribuir en nombre de este pueblo libre e igual a los demás, al mantenimiento y consolidación de una paz que el mundo necesita hoy más que nunca. Con decisión y fieles a nuestro juramento queremos acudir directamente al pueblo alemán, vista la incapacidad del actual Reichstag para hacerlo, al objeto de que nos preste su apoyo en la tarea que nos proponemos realizar.

Al llamarnos, el Presidente del Reich, Mariscal von Hindenburg, nos ha dado la orden de ofrecer a la nación, con nuestra unanimidad, la posibilidad de rehacerse. Apelamos, por consiguiente, al pueblo alemán para que venga a refrendar, con su propia firma, este acto de consolidación. El Gobierno del alzamiento nacional quiere trabajar y trabajará. Los catorce años de ruina nacional no son obra suya. Quiere, al contrario, volver a llevar la nación alemana por caminos ascensionales. Está decidido a reparar en cuatro años los daños que han sido causados durante catorce. Pero lo que el Gobierno no puede hacer es someter esta labor de regeneración a la aprobación de aquellos que provocaron la catástrofe. Los partidos marxistas y sus colaboradores han dispuesto de catorce años para poner a prueba sus capacidades. El resultado es un campo de ruinas. Pedimos ahora al pueblo alemán que nos conceda un plazo de cuatro años antes de juzgar y de juzgarnos.

Fieles a la orden del Mariscal estamos dispuestos a comenzar la labor.

Quiera Dios conceder su gracia a nuestra obra, orientar rectamente nuestra voluntad, bendecir nuestras intenciones y colmarnos con la confianza de nuestro pueblo. ¡No combatimos por nuestro propio interés, sino por Alemania!

El gobierno del Reich


Primera fila, sentados desde la izquierda: Hermann Göring, Adolf Hitler, Franz von Papen; segunda fila, de pie: Franz Seldte, Günther Gereke, Lutz Graf Schwerin von Krosigk, Wilhelm Frick, Werner von Blomberg, Alfred Hugenberg; el 30 de enero de 1933 en la Cancillería del Reich.

Texto tomado de: Devenir Europeo

"Todas las naciones que lucharon en la Primera Guerra Mundial honran a un soldado desconocido. En París, descansa bajo el Arco del Triunfo. En Londres, descansa bajo el mármol negro de la abadía de Westminster. Pero en Berlín, habita en la Cancillería del Reich! Alemania es el único país en el que el soldado desconocido no está muerto, sino vivo...”

Fredrik Böok
Profesor universitario sueco

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