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ELOGIO DE MEDELLÍN

Escrito de Luis López de Mesa, extraído del libro: El ensayo en Antioquia

Cuando a fines del siglo XIX se instaló el alumbrado público de luz eléctrica mediante las grandes bombas del arco voltaico que se usaban entonces, todos los antioqueños nos alborozamos hasta los límites dionisíacos del júbilo, creyendo ver en aquel suceso algo maravilloso en sí y algo promisorio también de otra era y otros rumbos de la estirpe.

Por mi parte sé decir que nunca olvidaré la primera visión que tuve de ello en mis años infantiles. El Alto de Medina es la cumbre de una loma que da al frente de Medellín, veinte kilómetros adelante por el viejo camino que conducía a las poblaciones del Norte. Y fue desde esa cima, cuando al caer de una tarde y hacerse gris opaca y fría la leve niebla azul que arropaba la llanura remota, surgió a mis ojos como un pardeado de chispazos la plena iluminación de la ciudad, allá lejos. A esa hora de mi vida y en aquella edad de civilización incipiente en nuestro hogar antioqueño, ver surgir ese parque de luz en la apacible lontananza del valle fecundo, tenía a mis ojos un no sé qué de prodigio aladinesco.

Y era, en verdad, otro mundo el que nacía. Treinta años antes José María López de Mesa había promulgado el acuerdo inicial sobre alumbrado público medellinense: se encenderán sendos faroles en las cuatro esquinas de “la plaza”, excepto —naturalmente— en las noches de luna.

Era un signo y un símbolo de aldea, sin duda. Más no debemos apresuramos en admitirlo así, que otra cosa, y muy altisonante, pensaban los hijos y habitadores de aquel poblado entonces naciente. Epifanio Mejía y Gutiérrez González lo dijeron en estrofas insignes, y tal lo sentían todos corazón adentro: era joya del patriotismo, era la “tacita de plata” que decían los abuelos, la niña mimada de Pedro Justo Berrío y Manuel Uribe Ángel. Desde Bogotá, como si un destierro oprimiese su espíritu, doña Helena Facio Lince cantaba ingenuamente —¡O témpora! — Su excelsitud en 1866: ... “¡Cuán bella eres! Del árabe la mente/ nada tan bello acertará a soñar...”

Al iniciarse el siglo XX, vestida ya de luz eléctrica y engalanada con los dos diminutos parques, de Berrío y de Bolívar por nombre, y de su paseo tradicional de La Playa, como hoy dicen, era seguramente digna del grande afecto de sus moradores. Visos tenía de andaluza con sus calles finamente empedradas de guijarros menudos del río, y sus aceras de ladrillo, que el clima conservaba siempre limpio y rojo. Daban a ellas esas casas espaciosas de otro tiempo, con blanquimento de cal en los muros, puertas y ventanas, ventanas —arrodilladas—, por supuesto, y enrejadas, para mirar al transeúnte y coquetear un poco hacia la tarde y prima noche, unas y otras pintadas de verde claro, de gris azulenco, y a veces de rojo o amarillo tenue, con luminoso zaguán y patio fronterizo, solado éste de peladillas blancas o de baldosines y cubierto de macetas, azaleas, sobre todo, y profusas enredaderas de arracimadas flores amarillas, rojas o azules; con su segundo patio y baño de piscina, alcobas en fin, y salones de fresca amplitud. Sevilla, pues, en re menor... a su manera.

Los que ya nos habíamos hecho “puebleños” en ese constante peregrinar de las familias antioqueñas, íbamos a Medellín por contemplar, un poquitín, sino un mucho, alelados, la catedral de Villa Nueva, las quintas de “La Quebrada Arriba”, el “Palacio” de Amador y el “Edificio Duque” portento de las edades, es decir... de aquella edad medellinense.

A las maravillas materiales tenemos que añadir otras del espíritu. Porque había entonces en Medellín un estado de indecisión entre hacerse núcleo económico o núcleo cultural, entre dedicarse al juego de bolsa en el atrio de la catedral vieja —y muy rabiosamente, por cierto— o consagrarse al estudio con la numerosa y decidida cohorte literaria que por aquellos días creaba, sobre bases ya célebres, la literatura regional antioqueña, periodismo inclusive, novela y cuento sobre todo, y hasta ensayos de más altivo vuelo, amén de cierta escuela política de grande envergadura, que engendró tres presidentes y una docena de legisladores y ministros de estado, nacionalmente ilustres.

Para nosotros los provincianos todo aquello era casi deslumbrador. ¡Cómo lo sería para los propios capitalinos, enamorados de su pequeña urbe! Y en esto existe curiosa diferencia de sentimientos: Bogotá, Santa Fe de Antioquia, Popayán, Cartagena y Tunja, por ejemplo, son ciudades maternas que inspiran adhesión francamente filial. Medellín, en cambio, fue siempre algo así como la ciudad-novia de los antioqueños, hasta el punto de que muchos de sus hombres le consagran la vida a honrarla y mejorarla... y a quererla, naturalmente.

Y esto desde cuando era un burgo recatado entre los montes, porque a los principios dejó mucho qué desear, y aun inspiraba no pocas inquietudes. El mismo poblamiento no fue fácil. La emoción paradisíaca de los descubridores que entraron por el sur con Jerónimo Luis Tejelo a la cabeza, no tuvo arraigo, excepto en uno que otro latifundio, a estilo del de don Gaspar de Rodas en Niquía. Un siglo después se inició la lucha por la insegura colonización del valle. Ensayos primero en el actual siglo de El Poblado, en el efímero pueblo de Aná, posteriormente, hasta que al fin se detuvo a la margen del arroyo Santa Elena, y alrededor de la capilla de San Lorenzo, templo de San José hoy día, allá por 1640.

Más no con ímpetu de acelerado crecimiento. Cuando mi tatarabuelo don Juan José Larena fue alcalde suyo, un largo siglo después, no pasaba de ser un pueblecito de refugio para los ya económicamente desamparados pobladores de la aristocrática urbe del Tonusco, y mi otro tatarabuelo don José Salvador López de Mesa la rigió como “teniente gobernador” de Buelta Lorenzana, años adelante, porque aún no alcanzaba a mayor prestigio de jefaturas.

Y el litigio fue arduo en días posteriores. Ciudad de Antioquia, Villa de la Candelaria de Medellín y San Nicolás de Rionegro se disputaron la jerarquía mayor. De haber sido navegable el Cauca medio, nada hubiera podido vencer a la urbe madre. De haber corrido menos abruptamente el Nare hacia su desembocadura en el Magdalena, Rionegro sería hoy la sede capital, por la bondad de su clima y su gentil planicie. Acaso hubo también sorda pugna económica entre el cacao desfalleciente de Antioquia, el plátano nutricio y la abundante caña de azúcar de Medellín contra la papa y el maíz de Rionegro. Triunfaron a mi ver, los trapiches “paneleros” del Aburrá... y el sortilegio de su valle, fértil aún en esta época.

Hacia 1826 se decidió la suerte.

Ya para entonces habitaban en sus lares, o por ahí cerca, los descendientes de las mejores castas fundadoras y colonizadoras de Antioquia. De ellas, muchas me dieron su sangre como Sánchez de Tamayo, Posada Berdalles, Jaramillo de Andrade, López de Restrepo, Gómez de Ureña, Puerta de Palacios, Álvarez del Pino, y qué sé yo más, y los López de Mesa, en fin, que habían de emparentar luego con los Zeas y los Córdobas, los Facio Lince y los Berríos, con los Mejías y los Villegas, con los Cadavides y los Pizanos, los Loteros, Londoños y Latorres, los Arangos y Gutiérrez Isaza, etc., para arraigarme a la totalidad de la estirpe y confirmarme en mi idea de que todos los antioqueños sin excepción somos primos hermanos.

De todo lo cual se produce en mis recuerdos una conjunción de sangre y suelo, que me resulta inextricable y benévola. Después de cuarenta años de ausencia recorrí de nuevo la cornisa cordillerana que va del alto de Medina, o poco menos, al boquerón de Occidente, sobre la carretera de Antioquia, y tuve otra visión que me trajo, agitada ya y deslumbrante, aquella de mis años infantiles. Esta vez ya no a lomo de caballería y en penoso ascenso de la falda abrupta, sino plácidamente en automóvil por la carretera del Norte. Oscurecía, y como en la ocasión pasada, el valle que se extiende de Envigado a Bello, con Medellín a la cintura, fue opacándose hasta quedar en sombra densa, y entre la sombra encendiéndose, como margaritas de oro, miríadas de luces en todas partes. Y así, a poco más, el valle, ancha artesa geológica, con su río ondulante al fondo y cerramiento de altos montes en óvalo dilatado de laderas y planura, fue tapiz de terciopelo negro, y muy oscuro ciertamente, en que la ciudad parecía un tablero cuadriculado de gusanillo o cordoncillo de oro fúlgido, allá en el centro, y de innumerables estrellas más, de luz también dorada, que fingían, a su vez, constelaciones en torno suyo, hasta los remotos confines de la perspectiva ambiente.

¿Panorama o sueño?

Panorama y ensueño, justamente.

La urbe no era ya aquel pequeño recinto enmarcado por las cuatro farolas de aceite o de petróleo humilde, ni el agrupamiento de unas cuantas habitaciones en torno a la capilla de San Lorenzo: era dilatado lago de luz entre las sombras. Y pensé si cada una de esas lámparas que allí ahora brillaban en la noche y trazaban franjas o cadenetas de oro en el terciopelo oscuro de esa hondonada, mayor de cien kilómetros cuadrados, en unidad funcional urbana con sus aledañas constelaciones de luz, no sería el alma vigilante de los mayores que poblaron y sufrieron, que soñaron lo que hoy es y lo hicieron posible con su sangre, con su fe y con sus normas.

La cultura que anhelaron los abuelos es ahora realidad universitaria de altos fines espirituales y orgullosa arquitectura creciente; el discreto emporio de mercaderías foráneas de que fue núcleo para el tráfico y el tránsito departamentales de otros días, es hoy el manchesteriano despliegue de inmensas fábricas que sustentan la industria nacional fabril y su economía general robustecen.


Y la ciudad en sí, materialmente engrandecida, es otra, sin duda, mas no cancela los dones de la estirpe que le infundieron espíritu, y a esa misma estirpe vuelve los ojos con memoria indeficiente para invocar su fe de creadora invicta o tributarle el homenaje de su gratitud inextinguible.

Fotografías tomadas de:


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