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DISCURSO 1 DE MAYO DE 1923 — MUNICH, ALEMANIA


SI EL PRIMERO DE MAYO debe ser transferido conforme a su significado verdadero de la vida de la naturaleza a la vida de pueblos, entonces este debe simbolizar la renovación del cuerpo de un pueblo que ha caído en la senilidad. Y en la vida de los pueblos senilidad significa el internacionalismo. ¿Qué ha nacido de la senilidad? Nada, nada en absoluto. Todo lo que en la civilización humana tiene valor real, que no surgió del internacionalismo, brotó del alma de un solo pueblo. Cuando los pueblos han perdido su vigor creativo, entonces se hacen internacionales, en todas partes, en cualquier lugar donde reine la incapacidad intelectual en la vida de los pueblos, allí el internacionalismo aparece. Y no es casualidad que los promotores de esta forma de pensamiento sean un pueblo que no puede presumir de ninguna verdadera fuerza creativa, el pueblo judío...

Así el primero de mayo puede ser más que una exaltación de la voluntad creadora nacional frente a la concepción de la desintegración internacional, de la liberación del espíritu de la nación y de sus perspectivas económicas a la infección del internacionalismo. Es decir, en última instancia la cuestión de la restauración de la salud del pueblo... y surge la pregunta: ¿está el roble alemán destinado a ver otra primavera? Y es ahí donde la misión de nuestro movimiento comienza. Tenemos la fuerza para conquistar esto que el otoño ha traído sobre nosotros. Nuestra voluntad es ser nacionalsocialistas —no nacional en el sentido actual de la palabra— no nacional a medias. ¡Somos fanáticos nacionalsocialistas, no bailarines en la cuerda floja de la moderación!

Hay tres palabras con mucho uso sin un pensamiento, para nosotros no son eslóganes: Amor, Fe y Esperanza. Nosotros los nacionalsocialistas deseamos amar nuestra Patria, deseamos aprender a amarla, aprender a amarla celosamente, a amarla solamente y no soportar ningún otro ídolo de pie a su lado. Nosotros conocemos un solo interés y ese interés es nuestro pueblo.

Somos fanáticos del amor a nuestro pueblo, y estamos ansiosos porque los llamados “gobiernos nacionales” sean conscientes de este hecho. Podemos ser tan fieles como un perro con aquellos que comparten nuestra sinceridad, pero vamos a perseguir con odio ardiente aquel hombre que crea que puede jugar trucos con nuestro amor. No podemos ir con los gobiernos que ven dos caminos al mismo tiempo, que bizquean tanto hacia el Derecho como hacia el Izquierdo. Somos francos: debe ser amor u odio.

Tenemos fe en los derechos de nuestro pueblo, derechos que han existido desde tiempo inmemorial. Protestamos en contra de la opinión de que todas las demás naciones deben tener derechos —y nosotros no tenemos ninguno—. Tenemos que aprender a hacer nuestra esta fe ciega en los derechos de nuestro pueblo, la necesidad de dedicarnos nosotros mismos al servicio de estos derechos; debemos hacer nuestra esta fe que la victoria gradualmente será concedida solamente si somos lo suficientemente fanáticos. Y a partir de este amor y de esta fe emergerá para nosotros la idea de esperanza. Cuando los demás dudan y vacilan por el futuro de Alemania —nosotros no tenemos ninguna duda—. Tenemos tanto la esperanza como la fe de que Alemania será y debe volver a ser, grande y poderosa.

Tenemos tanto la esperanza como la fe de que llegará el día en el que Alemania se extenderá desde Koenigsberg a Estrasburgo, y de Hamburgo a Viena.

Tenemos fe de que algún día la providencia  traerá a los alemanes en un Reich sobre la cual no habrá ninguna estrella soviética, ninguna estrella de David judía, pero por encima de ese Reich estará el símbolo de trabajo alemán —la esvástica—. Y eso significará que el primero de mayo ha llegado verdaderamente.

Adolf Hitler


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