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SANTA FE DE ANTIOQUIA

Escrito de Luis López de Mesa, extraído del libro: El ensayo en Antioquia

Por una feliz coincidencia me fue dado conocer a la emblemática ciudad de Antioquia en los primeros años de mí despertar a la vida: estar ante la ciudad reveladora de leyendas en la edad soñadora de misterios. La emoción perdura aún, más apenas podría esbozar ahora el arrobamiento de mi espíritu ante ese cuadro evocador.

Serían las ocho de la noche cuando nos sentamos a la puerta del Palacio Episcopal en la plazuela de Chíquinquirá. La luna llena iluminaba, prodigiosamente nítida, los aleros de las viejas mansiones vecinas y proyectaba la sombra ondulante de los cocoteros sobre las calles y la plaza. Casi insensiblemente mi espíritu fue abstrayéndose de la tertulia familiar para recibir las sugestiones evocadoras de aquel ambiente nunca por mí antes comprendido, y no pudiendo resistir a la tentación de contemplarlo en la plenitud del silencio, fuime por las calles andando lentamente y soñando sueños de tradición y de leyendas. Pavimentos de guijarros cubiertos a medias por la grama y el abrojo que brota en sus junturas, haciendo comprender que el tráfico no les es frecuente y ofensivo; techos curvados de teja ennegrecida por la intemperie de los siglos, aquí y allá cubiertos por el musgo que ha arraigado entre sus grietas; moradas señoriles de portones ferrados y crujientes enmarcados en cal y canto; salas espaciosas que vagamente iluminaban la luz parpadeante de alguna discreta bujía; amplios patios embaldosados con bloques grandes de ladrillo rojo; susurro de arboledas que tenuemente agitadas por la brisa asoman su follaje por encima de los tejados... Aquí y allá templos antiguos, casas conventuales, plazuelas en silencio. Y todo reposado, mudo, bajo el resplandor de la luna que abrigaba la ciudad entera e iluminaba las faldas occidentales y el dilatado valle por donde cruza esquivo y rápido el caudaloso Cauca. Mis pasos repercutían en los zaguanes con eco sonoro y musical, y a mi paso se hacía más discreta aun la plática de los vecinos que charlaban al fresco de los portones con acento peculiar, costeño en alguna manera, pero diferenciado por el dejo de una fonética propia y característica que añade al ambiente legendario nota de extrañeza más impresionante aun.

Yo iba por la Calle Real, como si dijéramos en vieja terminología española. Sobre los andenes proyectaba la luna los aleros hasta perderse de vista en la quieta lejanía. El cielo revelaba la limpieza imponderable de su diafanidad, que la alta temperatura del valle hace subir rápidamente los vapores hacia la cúspide de las lomas vecinas, aclarando así la atmósfera, y de las faldas circundantes converge un reflejo opalino que llega a aumentar la luz, todo lo cual hace que allí la luna llena aparezca más luminosa e imperante en la altura de la noche. Y de este modo el silencio de la ciudad blanca cubierta de palmares de varia índole, desde la palma real y el cocotero hasta el corozo grande o Acrocomia y el pequeño o mararay, de mangos frondosos, guanábanos y mameyes, de limoneros por doquiera y decorativas acacias, de recientes enredaderas en fin y aromosos jazmines, porque cada casa posee su patio de flores y su huerto de frutales bien tenidos... luce en oasis al pie de la loma aridecida por falta de riego; la ciudad blanca y silente, cruzada de acequias limpias que van al descubierto, apenas sensiblemente rumorosas, la blanca ciudad que parece adormecida en un sueño colonial, evocó en mi espíritu un tropel de añejas tradiciones.

Esas salas mudas y espaciosas devuelven al pasar el caminante un eco. Abrillantadas en tiempos remotos de grandeza por la profusión de luz en los festines, abrillantadas y bulliciosas, hoy callan en el apagamiento de una decadencia ineluctable. Y el eco que devuelven parece en tanto la voz de otras edades. Por esas calles desiertas que afelpa ya hierba hirsuta pasaron arrogantes conquistadores, romeros misteriosos y extraños trovadores de amor; por ahí cruzó en litera de lujo Da. María de Carvajal, heroica y bella y fiel hasta evocar un no sé qué misterioso y sobre-humano; heroica, bella y fiel como un símbolo anticipado del alma femenina de ese pueblo que fundó su esposo, el muy hidalgo Mariscal; misteriosa, bella y fiel como heroína legendaria de un arcano sino. Por ahí cruzó también sugestiva y soñadora la Condesa de Peztagua, calzada con zapatos de oro, cual figura hechicera de un apólogo aladinesco... Ante sus ventanas de celosías españolas se rasgaron guitarras de quejosa melodía árabe. Al volver de esa esquina hacia la callejuela angosta brillaron alguna vez los estoques con parpadeo homicida en las altas horas de las noches coloniales, mientras la pálida señora de ojos negros y esbeltez de corte feudal, presa de amor y de temor, invocaba a Dios en trémula plegaría.

Ahí en otro tiempo las dignidades coloniales vivieron a su manera patria una vida caballeresca y heroica aquende los mares. Y las capas y jubones, la espada y el chambergo cruzaron afanosos reproduciendo en el valle interandino las virtudes y pasiones de Asturias y Castilla, de Andalucía y de Vasconia. Aquí también vivió la humanidad esa hora inexplicable del Renacimiento europeo. Ingenio agudo que sin saberlo fue genial; corazones heroicos que miraron al mundo como a un átomo de fácil conquista; almas encendidas al rojo blanco de pasiones que hoy asustan, con una rodilla en tierra ante las damas y la mano impasible en la empuñadura del estoque ante el rival, prevenido apenas con leve guiño de los ojos. Almas imposibles de entender que partían en dos un corazón sin emoción siquiera y luego rezaban ante el cadáver una jaculatoria de póstuma piedad religiosa. Que ante el amor de una mujer eran corderillos, y leones a las huestes enemigas de su raza; heroicos en Lepanto y San Quintín y en los murallones ingentes de los Andes; sumisos ante Roma y sumisos al amor. Que vencieron la selva de los continentes, cruzaron mares y ríos, y cordilleras ignotas, sin volver atrás la vista, zapadores insignes, semidioses de la naturaleza; y que temblaban, sin embargo, ante la cogulla de los frailes y la suposición de una sombra. Con ellos vivió la humanidad su álgido período de pasiones: la vida estalló bajo su férrea armadura de aventureros heroicos con trepidaciones de volcán. Amor y fe, gloria y orgullo llegaron entonces al ápice de los frenesíes, dejando para siempre pálida la mejilla agotada de emociones, sombríos los ojos a fuerza de irradiar fulgores de fiebre. Para el amor de sus damas, El Dorado o la sangre purpurina de sus pechos esa solo ofrenda propiciatoria. Pero en cambio la ternura de sus damas alcanzó el ardor de las hogueras y la fidelidad inconmovible de los sacrificios incólumes, superiores a la muerte, y un coraje asimismo, virtuoso y pasional como las generaciones del día apenas lograrían entrever. Su corazón alerta era crisol adamantino con fuego de horno.

Hazañoso en todas sus empresas, un solo vástago de esa raza levantó de su propio peculio la espaciosa catedral que adorna el centro de la urbe, y —genitor feliz vio a su mismo nieto, elevado ya a egregias dignidades eclesiásticas, consagrarla en su nombre y en el nombre de su raza a Dios.

Y pasaron esas generaciones. La ciudad, la bella urbe madre se fue apagando poco a poco: sus frondosos cacaotales se agostaron, dejando en torno de las áridas pendientes desecadas por el fuego canicular de sus soles, y apenas sus mangos de tupido follaje y sus palmas de grácil silueta y susurrantes hojas para hacerla más soñadora tal vez, y consagrar la evocación de su propio pasado. Su nombre mismo, de arcaico origen y resonancia vocal privilegiada, se extendió, como buscando un refugio, a la comarca limítrofe.


Y se fue apagando lentamente; la luna nítida, como un sol pálido, la cubre en las noches estivales; sus frondas hogareñas mecen al viento cálido de la llanura copos florecidos, y perfuman el ambiente sus limoneros en flor. El eco de las campanas tiembla argentino y misterioso en los zaguanes, en la hornacina de los portones, en el recodo de las callejuelas, como son de otras edades que llamase a las sombras de generaciones muertas. El cielo limpio y la blanca ciudad quieta y la planicie dilatada y el caudaloso río allá distante, son los centinelas de aquel pasado arrogante y bullicioso. La vida moderna palpita hoy en otros recodos de la cordillera andina: aquí el pasado defiende el último símbolo de la vida colonial... Y es bella así vista la ciudad blanca y silenciosa, donde se oye el susurro de los palmares y el paso de los arroyos bajo la luz plenilunar... Es bella así la ciudad madre, la urbium mater de mi raza.

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